domingo, 6 de septiembre de 2020

El falso dilema de votar o abstenerse.

Desde hace ya algunos años no me gusta opinar acerca de temas políticos, pues como todos saben, es un tópico polémico y muchas veces genera fricciones innecesarias con gente cercana. Sin embargo, siempre analizo el complejo panorama político venezolano y hoy quiero compartir desde la perspectiva ciudadana, mi visión de la situación actual.


Por un lado, con un régimen autocrático que sin ninguna duda y con evidente notoriedad controla y utiliza para sus fines el resto de los poderes públicos, el CNE designado por el TSJ -con claras violaciones a la independencia natural que debe tener ese órgano- ha convocado las elecciones legislativas que corresponden para la elección de la nueva legislatura de la Asamblea Nacional. Desde luego, lo ha hecho enmarcado en el contexto del secuestro de las organizaciones políticas por parte del TSJ, que ha designado directivas a dedo y se las ha arrebatado a su militancia, y luego de la experiencia de la actual Asamblea Nacional, donde ha sido violada de forma sistemática la inmunidad parlamentaria y se ha desconocido la mayoría calificada con absurdas razones y acciones, emanadas desde luego del mismo TSJ.


Partiendo de esas condiciones, dentro de la amplia esfera de oposición hay quienes manifiestan que no podemos participar en un evento electoral que nace amañado, pues no puede convalidarse lo que a todas luces es un fraude, dándole visos de legitimidad. Juan Guaidó y 27 partidos políticos han fijado posición en que participar en esta elección fraudulenta, no es una opción, por lo que la desconocen y alegan que al no haber elección del nuevo parlamento, la legislatura actual permanecerá en funciones hasta tanto se logre convocar un proceso electoral libre con garantías.


Otros, hoy encabezados por Henrique Capriles, alegan que es a través del voto como única herramienta, como se puede superar el fraude, y se han desmarcado de la Unidad y de Guaidó, y están aceitando la plataforma electoral para presentar candidatos a las elecciones legislativas convocadas por el CNE del régimen. No quiero referirme a los dirigentes de la llamada “mesita”, que seguramente revolotearán alrededor de Capriles o pasarán sin pena ni gloria.


En realidad no existe un Manual para salir de regímenes autoritarios y recuperar la democracia. Cada proceso es distinto y tiene actores que con sus acciones imprimen dinámicas diferentes a cada situación a lo largo del desarrollo del mismo. Lo que si queda claro, de los diversos casos en la historia, es que para recuperar cualquier democracia, la política juega un rol fundamental y eso incluye negociaciones impensables antes de que ocurrieran.


Desde que Maduro copó la escena tras la muerte de Hugo Chávez, el objetivo político de la Unidad y su liderazgo, ha sido el de sacar a Maduro del poder. Está claro que el objetivo ulterior de una organización política es llegar al poder, pero eso es otra cosa. Maduro ha permanecido aferrado al poder gracias a una coalición que tiene varios sustentos, con distintas visiones e intereses diversos, y a la cual ha sabido manejar muy bien.


En mi opinión, el objetivo debe ser el de lograr una transición hacia la democracia, y eso solamente puede lograrse por dos vías, por la fuerza, lo cual implica ejércitos y situación de guerra en nuestro territorio, o por la vía de la negociación. Esta última se ha intentado en algunas oportunidades, pero más allá de las razones, la opinión pública opositora e incluso desde la dirigencia, se ha satanizado cualquier intento de negociar. Como quiera que no domino ni tengo forma de incidir sobre una alternativa de fuerza, me decanto por la negociación.


Ahora bien, unas líneas clásicas y sumamente básicas e inclusos revestidas de posiciones dogmáticas absurdas para descartar la negociación, han sido recurrentes (“no se negocia con criminales”; “los dictadores no negocian”) y tienen en una suerte de parálisis a muchos venezolanos que sin acceso, dominio o capacidad de incidir en alternativas de fuerza, están a la espera de que alguien nos haga el mandado.


La realidad es que nadie negocia con quien quiere hacerlo, sino con quien le toca según la situación. Otra realidad es que nadie negocia si no se ve en la necesidad de hacerlo, ni siquiera la madre con sus hijos, o viceversa. Para lograr sentar en una mesa de negociación a alguien, se requieren de estímulos, esto es, presión de algún tipo que lleve a la contraparte a querer negociar otras condiciones a cambio de algunas garantías. 


 Eso me lleva al esquema de sanciones que la comunidad internacional ha impuesto a personeros del régimen de Maduro, así como a sus instituciones. Las sanciones en un principio, acorralaron financieramente al régimen y lo llevaron a buscar una forma de alivio por lo que se sentaron en Oslo y Barbados. Esas negociaciones, además de satanizadas, fracasaron y dejaron todo en un punto muerto. En la medida que las sanciones fueron arreciando, Maduro se atrincheró y toda la coalición que lo sostiene se nucleó a su alrededor. Hoy con un país sumamente empobrecido, sin acceso a ayuda financiera de entes multilaterales, Maduro busca la forma de darle cierta legitimidad al evento electoral que se avecina.


Así, a los venezolanos, se nos plantea hoy un falso dilema sobre votar o abstenerse en las próximas elecciones. En mi opinión, la abstención por sí sola, no generará ninguna situación adicional para brindarnos herramientas para sacar a Maduro del poder o ponernos en la vía hacia la transición democrática. La única forma de que eso ocurra es que se articule un discurso político que conecte con las necesidades y frustraciones de la gente y se constituya de nuevo en un movimiento que amenace la hegemonía del régimen autocrático. Por otro lado, participar en una elección a todas luces fraudulenta, sin siquiera hacer el intento de recuperar previamente el tejido institucional del país, resulta, al menos para mí, un tanto inocente. Es cierto que las elecciones son la herramienta de la ciudadanía en democracia, pero la democracia es mucho más que eso.


Ni la abstención puede ser un dogma, ni tampoco la participación electoral es la panacea. Se pueden lograr avances hacia la transición democrática con ambas, pero se debe hacer una estrategia razonable con tiempo. Capriles si bien en su discurso parece conectar con esas frustraciones de la gente y sus necesidades, mostrando un cambio de narrativa interesante, lamentablemente ataca a Guaidó y los partidos con términos peyorativos y fragmenta aún más la Unidad. Si dentro de la Unidad, hubiese fijado posición pública con antelación, tal vez hoy sería otra la película. Por su parte, Guaidó y los partidos han debido prepararse para un escenario que tenía una altísima probabilidad de ocurrencia en cualquier análisis. La oferta del cese de la usurpación, no materializada, eleva la frustración de los venezolanos, contribuye a la desmovilización y coloca al escenario internacional -un logro inobjetable para Guaidó, aunque insuficiente por sí solo- como la única tabla de salvación. Hoy con una sociedad desmovilizada, confundida y sin estrategia clara, se le ofrecen dos alternativas que encierran ese falso dilema.


Toca replantearse las estrategias. Entender que a la gente hay que hablarle claro, que el objetivo debe ser lograr una transición a la democracia y que eso implica negociaciones y ceder en algunas cosas que lleven a brindar ciertas garantías a ese círculo que hoy sostiene al régimen autocrático. La extinción del adversario o enemigo, no es una alternativa posible pues ninguno tiene la fuerza suficiente para lograrlo.


Para hacer política no es necesario detentar un cargo público, y a diferencia del 2005, hoy no hay tejido institucional al cual proteger. Para hacer política en nuestra actual y compleja situación, se requiere -con o sin cargos- hablarle claro a la gente, decirle como Churchill a los británicos, que hará falta mucha más sangre, sudor y lágrimas, y prepararse para cualquier evento electoral, más allá de si se decide en último término participar o no, para aprovechar esos hitos como una oportunidad de movilizar el gran descontento que tenemos los venezolanos, presionar al régimen y forzarlo a negociar una transición. 


Negociar para lograr una transición hacia la democracia. Ese debe ser el objetivo de cualquier movimiento político que aspire un mejor país para nuestros hijos. La negociación implica deslastrarse de prejuicios y asumir cierto grado de pragmatismo, cediendo en posiciones que pueden estar muy estrechamente ligadas a nuestros principios, pero no veo otra forma. Si a cambio de ello, logramos construir nuevamente un futuro para nuestro país, valdrá la pena.



1 comentario:

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